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Pilotar un monoplaza de Fórmula 1 está reservado a unos pocos privilegiados. Llegar a la meta es un logro para un gran deportista. Hacerlo en la zona de puntos es una enorme satisfacción. Subirse al podio es casi un sueño. Ganar la carrera está reservado sólo a los mejores. Ser el primero en los entrenamientos libres, en los oficiales, en marcar la vuelta rápida y en la carrera de principio a fin (excepto en las paradas en boxes) es la marca que distingue a los buenos pilotos de los míticos. Pero hacer todo esto en Mónaco, rodeado de muros amenazantes y curvas imposibles, sólo lo han hecho nueve pilotos en toda la historia de la Fórmula 1. Fernando Alonso es uno de ellos. Él es el noveno nombre de los dioses de Montecarlo, de los príncipes de Mónaco.

Sólo nueve hombres lo han logrado

Era otra época. Una época en blanco y negro. El campeonato del mundo de Fórmula 1 estaba recién creado y un piloto sobresalió en una carrera inolvidable: Mónaco 1950; se iniciaba la que, durante mucho tiempo, fuera la carrera más exitosa de un deportista en este deporte. El antiguo reparto de puntos le brindó nueve a Juan Manuel Fangio. El Chueco se impuso tras marcar el mejor tiempo en los entrenamientos oficiales y después de marcar la vuelta rápida: un minuto y cincuenta segundos. Nadie le arrebató el primero puesto desde el banderazo del comienzo de carrera hasta el del final. Fue el primero en conseguir un hat-trick en un circuito tan complicado como Mónaco. Fue el primero en desafiar el trazado monegasco y también el primero en burlarse de él. Siete años más tarde volvería a hacer algo semejante: aunque no pudo dominar de principio a fin la carrera, se llevó la primera posición en parrilla, la vuelta rápida y la victoria. Tuvieron que pasar cuatro años para que Stirling Moss repitiera su hazaña; fue en 1961, conduciendo un Lotus. Graham Hill lo hizo en 1965, y Jackie Stewart en 1971. Fue Alain Prost quien, en 1986, comenzó a dejar un buen sabor en el box monegasco de McLaren: logró el primero de los muchos hat-trick del equipo inglés. Cuatro años más tarde, el brasileño Ayrton Senna continuó la racha y demostró que estaba llamado a ser el rey de Mónaco: logró el hat-trick en 1990, también con McLaren. Cuatro años más tarde, Michael Schumacher, en el año de su primer título mundial, sumó su nombre a la lista, esta vez para Benetton. Otros cuatro años más tarde, en 1998, el finlandés Häkkinen consiguió su único hat-trick, también para McLaren. Y ahora, después de que nadie en casi diez años lo lograra, el español Fernando Alonso también lo ha conseguido, de nuevo, para McLaren. No ha podido dominar de principio a fin, debido a las paradas en los boxes, pero la victoria sabe igual de heroica y especialmente impresionante al doblar hasta el cuarto clasificado. Por eso, su nombre ya está en esta clasificación tan especial, cuyos nombres son sinónimo de grandes manos en el volante. Buena prueba de ello es que sólo Fangio ha logrado hacerlo dos veces en Mónaco; el resto de pilotos, sólo una. Nadie más lo ha logrado. Por equipos, McLaren es la escudería que más ama este circuito: cuatro veces ha llevado a sus pilotos hasta el hat-trick monegasco,, muy por delante del resto, que sólo lo ha podido hacer en una ocasión.

Diferencias

¿Por qué sólo nueve hombres han logrado el hat-trick en los casi sesenta años de existencia de este deporte? Porque Montecarlo es diferente. Es uno de esos circuitos que rompen con todo; una de esas carreras que no se parece en nada a ninguna otra: no hay rectas, ni podio, ni escapatorias. Hay mar, puentes, túneles, baches… Es un monstruo; un monstruo peligroso lleno de glamour y excesos. Un monstruo al que se le indulta y al que se le permite, por pura necesidad de espectáculo, incumplir los requisitos mínimos de seguridad. Es un tubo de guarda-raíles que prueba la verdadera pericia del piloto, que distingue el piloto mediocre (el que comete errores) del excepcional (el que clava los tiempos vuelta tras vuelta, el que mantiene la misma trayectoria sin variar más allá de un unos milímetros, el que pasa rozando los muros pero se ríe de ellos…). Kimi Räikkönen lo ha podido comprobar: la más pequeña variación en la trayectoria o comerse un centímetro más el piano arruina toda la carrera. Por eso pagó su error el sábado: porque esto no es un circuito normal. En un circuito normal, quizá, no habría pasado nada. Pero Mónaco está agazapado en cada curva, esperando el más nimio error. Y cuando se comete, es implacable. Liuzzi y Sutil también lo comprobaron. Incluso Hamilton que, aunque gran piloto, no fue capaz de pegar su coche al asfalto de la misma manera que Alonso; no pudo evitar los descontroles que le llevaban, una y otra vez, contra los muros. Él mismo confesó que los tocó en varias ocasiones y que, gracias a la consistencia de su monoplaza, pudo llegar segundo. Alonso, no; Alonso no cometió ni un error; ni un toque; ni un despiste; ni un riesgo más allá. Derrapó, contravolanteó, luchó… pero siempre dentro de sus propios límites, de sus propios tiempos, de su propia maestría. Esa es la diferencia.

Los caballos resbalan sobre el asfalto

Hoy no podemos más que rendirnos a la evidencia. Nadie gana una carrera de casualidad (incluso Panis se la mereció en 1996, cuando sólo llegaron cuatro monoplazas, porque hay que mantenerse en pista para demostrar estar a la altura); en Mónaco, menos. Los Ferrari se mostraron como dos fieras enjauladas, incapaces de buscar la puerta por la que escapar, como hacen normalmente en circuitos tradicionales. Ni Massa ni Räikkönen protagonizaron grandes remontadas. Aunque el finlandés recuperó siete posiciones, fue incapaz de superar al muy inferior Williams de Wurz; Kimi volvió a demostrar que no se atreve a adelantar, y aunque es cierto que en Mónaco casi nadie se atreve, no debería ser esa la actitud propia de un aspirante a campeón del mundo en Ferrari. Massa lo está aprovechando y, sin muchos esfuerzos, le está arrebatando el tan importante primer lugar dentro de la Scudería. Ya le saca diez puntos en la clasificación del mundial de pilotos. Pero Massa puede tirar cohetes: ni si quiera supuso una amenaza para Hamilton: le dejó escapar y pasó un minuto más tarde que él por meta. Ya está a diez puntos del líder, Alonso.

Ham(ilton)bre de victoria

Mientras, el jovencísimo Hamilton sigue disfrutando: es el inicio de la carrera profesional más meteórica jamás vista. A ello ha ayudado, en buena medida, contar con un coche ganador desde su debut, pero otros también lo tuvieron y no fueron capaces. Sin embargo, al inglés ya no se le ve tan contento en la segunda posición: tiene hambre. Quiere subir ya a lo más alto; quiere ser él el que reciba el trofeo más grande. El descaro de la juventud no le impide hacerlo ver en pista, y no dudará en hacerlo cuanto antes, sea quien sea a quien tenga que batir, aunque se llame Fernando Alonso y sea su compañero de equipo. Dentro de poco, seguro, lo veremos. De momento, ha ayudado enormemente al español en la arrancada de Mónaco: cerró la puerta perfectamente a Alonso nada más apagarse los semáforos. Parecía un fiel guardaespaldas protegiendo a su maestro. Aunque en un principio pareció una amenaza para Alonso, realmente nunca lo fue. Cada vez que intentaba acercarse a él o recortarle la distancia, el coche se le iba completamente. El pequeño Lewis aún tiene que crecer como piloto y aprender cómo actuar en cada momento. A pesar de todo, sorprende su total falta de errores hasta ahora, a pesar de haber protagonizado el Mundial desde su inicio.

Chapistas en el paro

Lo extraño que dejó Mónaco fue la ausencia importante de incidentes. Ni si quiera salió el coche de seguridad (por cierto, este año todavía no ha hecho acto de presencia en ninguna carrera). Sólo, dos accidentes (curiosamente en el mismo lugar) y otras tantas averías. La ausencia de adelantamientos, como estamos acostumbrados aquí, fue total, pero también las situaciones curiosas propias de un trazado tan diferente: ni toques, ni choques, ni despistes importantes… Ni siquiera en la salida, limpísima, en la que sólo se produjo un pequeño empujoncito entre dos pilotos, sin consecuencias. El tráfico sí fue, quizá, la nota más destacable, fuera de lo meramente deportivo: los doblados suponen un más que importante inconveniente. Incluso Anthony Davidson fue penalizado con una pasada por boxes por obstaculizar a los pilotos de cabeza de carrera. Pero ningún incidente más destacado. Podemos decir, si no fuera por la emoción de ver a un español en la primera posición (es decir: fanatismo aparte), que fue una carrera aburrida, sosa y sin muchos alicientes. Todo lo contrario que el Mundial, que está más apretado que nunca, con dos compañeros de equipo luchando por su liderazgo carrera tras carrera, empatados a puntos.

Semáforo verde:

· Fernando Alonso. Simplemente perfecto.
· Lewis Hamilton. Sólo él fue capaz de seguir el ritmo del español. Pronto le veremos en lo más alto.
· Giancarlo Fisichella. Hacía tiempo que no le veíamos arriba: cuarto. Es el mejor resultado del actual equipo campeón del mundo. Quién lo iba a decir…
· McLaren. Doble en Mónaco. Líderes del mundial de constructores. Se viven buenos tiempos.
· Ausencia de accidente. Un año más, siempre es de agradecer que, en un circuito tan peligroso como este, no haya pasado nada...

Semáforo rojo:
· Kimi Räikkönen. La gran decepción. Sus coches se siguen rompiendo, y ya no está en McLaren. Va a ser que las manos también tienen algo que ver…
· Spyker. Doble abandono. No levantan cabeza. Sutil vuelve a cometer un error.
· Aburrimiento. Sólo la esencia y la magia de Mónaco le salva de ofrecernos carreras tan aburridas y faltas de adelantamientos como peligrosas. A pesar de todo… ¡Larga vida a Mónaco!

Héctor Campos
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